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Perpe Díaz Toribio
El agua cantarina de la fuente y el regato no tenían el murmullo risueño de otros años, estaban tristes por la muerte del Álamo.
Los niños ya no volverán jugar al corro rodeándolo con sus brazos, ni esconderse tras su tronco en primavera y verano.
No escucharemos ulular el viento entre sus ramas las noches frías del invierno despertando a los paisanos.
Ya no podrá la nieve volver a formar una gran nube blanca sobre sus ramas como en tantos años.
Nunca más será testigo mudo del dolor que provocan a Jarramplas los nabos.
No sabrá jamás de secretos ni escuchará curioso las dulces palabras de los enamorados.
Pero yo sé que murió alegre por todas las risas, cantos y alegrías que oyó y también porque compartió nuestras penas y lágrimas y, sobre todo, se fue feliz porque sabe que siempre estará vivo en nuestra alma a pesar de los años.
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