Para un viejo Amigo

J. Carlos Sánchez
Revista Veleílo, nº 14
Primavera 1996

El Álamo
Foto:
Libro "Entre la Vera y el Valle"

Cuando oyes la palabra "carnaval", rápidamente tu mente te emite señales de mucho ruido, de chirigotas, comparsas, silbidos, tamboriles, trajes de mil y un colores con formas inimaginables, máscaras, alegría, luces, marcha, despreocupación, borracheras, resacas...

Y siempre había sido así, año tras año, pero este no. En mi cabeza sólo tengo el ruido producido una mañana por un motosierra bien afilado, que quería atacar cuanto antes a un árbol indefenso, que ha sido testigo mudo durante décadas del quehacer de un pueblo, a medida que ha visto crecer a los más pequeños. Mil y una vez ha escuchado los gritos de "vivan los novios", el nerviosismo de los que hacen la Comunión por primera vez, el ruido incesante de los caños del agua de su fuente repitiéndole una y otra vez que él era grande; el bullicio en la salida de la iglesia de Jarramplas, su protector y fiel guerrero, por los siglos de los siglos; ¡y cómo no! Las despedidas, siempre amargas de los que nos dejaron para pasar a otra forma de vida.

A ti no te ha hecho falta hablar, ni tener coche, salir por las noches, ni entrar dentro del mercado consumista, ni comprar periódicos para saber del mundo, para convencernos y despertar nuestros sentimientos hacia ti. Y un buen día decidiste decirnos adiós: quizás porque te despojaron de tus amigos, los pájaros que anidaban en tu torre, por lo brutos que nos hemos hecho con tu guerrero, por la muerte de miles y miles de tu especie, o simplemente porque tú también te tenías que ir alguna vez a otra vida.

¡Era Carnaval!¡ Era un Carnaval distinto!. Como os he dicho: de ruidos de motosierras bien afilados. ¡Él lo quiso así!, morir con bullicio y júbilo, ¡y cómo no!, repartiendo entre todos sus hijos lo único que materialmente tenía, sus ramas y su tronco como recuerdo, que siempre perdurarán.

Y la gente gritó: ¡está nevando!. Y yo pensé: "no, alguien se está despidiendo de uno de sus hijos". ¡Ay, Madre Naturaleza!, ¡Qué duro tiene que ser perderlos!, tan nobles, fuertes, sosegados, pacientes, frondosos, seguros, poderosos, sinceros, agradecidos, cuidadosos y ¡tan bellos!.

¡¡Adiós, querido Álamo!

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© Víctor A. Díaz Calle. 1997-2002