Para suscitar el debate

Ángel Páramo Merchán
Revista Veleílo, nº 20
Verano 1998

Qué bonito está el pilar,
con el álamo florido,
al otro lado la cruz
y en el medio Jesucristo

El Álamo

Hace tres años aproximadamente, el álamo (olmo según los técnicos en la materia), para nosotros "el álamo de la puerta la iglesia", empezaba a cambiar de forma brusca el verde intenso de sus ramas por manchas amarillentas.

La grafiosis -enfermedad causada por el hongo Ceratostomella, parásito que vive en los vasos y dificulta la circulación de la savia-, que desde hace muchos años había dado muerte a miles de olmos de nuestra geografía, todavía no había sido capaz de escalar estas cumbres.

La esperanza de muchos piornalegos se aferraba a pensar, como el que no quiere desprenderse de algo muy preciado, que se trataba de una enfermedad pasajera. Incluso se trató, mediante curas, de dar algún tipo de solución al problema. Pero el proceso era irreversible y, en poco tiempo, esa esperanza quedó convertida en una de las frustraciones más fuertes que podía sufrir, colectivamente, este pueblo.

Poco después, concretamente en carnavales de 1996, se adoptó la decisión de cortar sus ramas. Los vecinos, conscientes de haber perdido uno de los símbolos más representativos de nuestro pueblo nos arracimamos en torno a la Plaza de la Iglesia para poder conservar, al menos, un trozo de nuestra historia.

Del álamo -con un perímetro de siete metros y medio, a cuarenta centímetros de su base, y la exuberante copa que ensombraba toda la plazoleta- no quedó más que un voluminoso tronco, y la dolida nostalgia de los que aún no damos crédito a lo que ven nuestros ojos al pasar por el lugar.

"En el año 1855 plantó un árbol de álamo en esta plazuela de la Iglesia, entre ésta y la Cruz, Don Julián Escudero (cirujano titular de este pueblo), que a fuerza de cuidado pudo hacer que se criase, poniendo esta nota al cumplir la edad de dicho árbol de doce años, en que se cree fuera de peligro de algunos malos intencionados le diesen muerte".

Este apunte está recogido de uno de los libros del Archivo Parroquial, folio 219.

No obstante, es muy probable que con anterioridad hubiera habido otro árbol, también de considerable tamaño, en el mismo espacio.

En un recorte de periódico, que encontré hace muchos años, sin fecha ni firma, refiriéndose a la salida de Jarramplas por la puerta principal de la Iglesia dice:

"...Acabada la fiesta religiosa, él será el último en salir, y lo hará por la puerta del mediodía, aquella que da a la plaza del Piornikaco Arbora, ese árbol que "ensombrara" el nacimiento de los fueros por los que habrán de regirse los Montañeros Vetonnes de la Orden de los Cabreros de la Alta Extremadura, cuyas cumbres, por más bellas y eternas que la fama de muchos que han sido, también merecen tener su grupo de mantenedores...".

Desconocemos si el referente del autor de este artículo era el álamo conocido por nosotros o, por el contrario, su afirmación estaba basada en documentos anteriores.

Ló que si sabemos, por las Ordenanzas establecidas y presentadas al Corregidor de "Plasencia e su tierra" don Antonio Cornejo en 1494, que la Plaza de la Iglesia era lugar habitual de reuniones:

"En Piornal treinta días del mes de octubre del año del Señor de mil cuatrocientos noventa e cuatro años, estando ende el señor doctor Cornejo, del Consejo del Rey y Reina nuestros señores.. y estando so el portal de la Iglesia del Señor San Juan, juntos con él a Concejo por campana tañida según lo han de uso y costumbre los Alcaldes y Regidores y Buenos hombres del dicho lugar...".

Sea como fuere la historia, el problema que nos ocupa en estos momentos y de ahí el título de este escrito, es dar una respuesta lo más acertada posible a qué se puede hacer con lo que queda de nuestro álamo.

Y esa respuesta, pienso que; la debemos dar entre todos los piornalegos, puesto que cuatro ojos ven más que dos y se trata de un asunto prolijo y que preocupa a todos.

Las opiniones acerca del destino del álamo son muy diversas. Basta sacar el tema en cualquier grupo de conversación para observar la pluralidad de pareceres y la inquietud por resolver la cuestión de la forma más agradable y consensuada posible.

Y como no hay nada más práctico y democrático que tener en cuenta los criterios de todos cuando se trata de un interés general -comó opinaba, también, Tito Sánchez en su articulo "Que jagan lo que quieran"-, se me ocurre que sería un trabajo interesante para el Equipo de Redacción y Colaboradores de la Revista VELEILO -en quienes se observa una preocupación, a tener muy en cuenta, por los temas medioambientales y urbanísticos- pulsar el sentir popular, a través de esta Revista cada vez más leída, y ponerlo a disposición de quien tenga la responsabilidad de adoptar las medidas convenientes, al objeto de que su decisión sea, lo más acertada o, al menos, la más aceptada.

No quiero que se interprete esta propuesta que he tenido el atrevimiento de hacer a la Revista, VELEILO como un "tirar la piedra y esconder la mano", y por eso daré mi opinión al respecto; y nada está más lejos de mi ánimo que crear una polémica cuyas consecuencias no sean las más apropiadas.

Nuestros ascendientes, desde 1855, nos dejaron una herencia de la que todos nos hemos sentido orgullosos. Al igual que de las personas gusta recordar los momentos más agradables, nuestra memoria en este caso debe estar en uno de esos ratos que pasamos bajo el álamo, incluso en aquellos que con su gentil talante acogedor nos invitara a no entrar en misa.

Las generaciones que ahora empiezan tienen el mismo derecho que nosotros a recibir su herencia. Pienso que no debe ser la de un tronco sin vida que más pronto o más tarde terminará pudriéndose, por muchos medios que se utilicen para impedirlo.

Conozco a gente, y yo mismo lo he hecho, que albergando alguna esperanza derrama cubos de agua, sobre los retoños del álamo ¡ojalá esa fuera la solución y el árbol resucitara!, pero me temo que eso no ocurrirá. No obstante habrá quienes nos pudieran sacar de dudas y a ellos habría que solicitarles la información pertinente.

Con toda la angustia que me causa lo que voy a decir, porque me crié y crecí bajo el techo de su copa y sobré el suelo de sus raíces, creo que el hueco dejado por nuestro álamo deber ser sustituido por un árbol autóctono de porte elegante y majestuoso, noble, frondoso y longevo y de fácil adaptación al clima, como pudiera ser un roble.

Mas como quiera que se trata de un árbol de crecimiento lento y está en nuestro ánimo la necesidad de llenar, lo más pronto posible, el vacío dejado por el álamo, no debieran escatimarse los medios, ni las técnicas avanzadas existentes para trasladar a este lugar un roble que ya haya adquirido un mínimo porte. Y puestos a proponer recuperaría el arco que de granito abujardado, que había a su alrededor. ¡Cuántas cosas de nuestros abuelos sabría el álamo!

Esta es mi propuesta y, por tanto, una opinión personal más de entre todas aquellas que puedan formularse.

Volver a El Álamo                     Ir a Más...

Carta Si quieres escribirme: victor@piornal.net                                                    Página inicial


© Víctor A. Díaz Calle. 1997-2002