En el día de San Roque el chico -17 de agosto- o en el del perro -18 de agosto- no ha de faltar una de las más genuinas tradiciones piornalegas: 'el toro'. La afición a correr los toros debe remontarse a tiempos muy antiguos, incluso más que la propia existencia de los primitivos ganaderos pobladores de Piornal. El documento gráfico más antiguo de España sobre un acontecimiento taurino es un grabado de las Cántigas de Alfonso X el Sabio en el que se refleja una corrida de toros en Plasencia. En este grabado aparecen los 'rehiletes' o dardos que los muchachos lanzaban al toro y que han sido utilizados , hasta hace poco, en el festejo piornalego. Existen referencias locales sobre celebraciones taurinas en algunos acontecimientos especiales como la conclusión de la ermita de la patrona, la Virgen de la Inmaculada Concepción, el 7 de octubre 1.743. Hasta hace pocas décadas las fórmulas taurinas preferidas eran la capea y el correr los toros al estilo tradicional. La plaza Mayor servía como coso; aunque la plaza del Palacio se utilizaba para las capeas y para tentar las reses que iban a participar en las fiestas. Si el noble bruto apuntaba buenas maneras y daba muestras de bravura, los encabezados lo apalabraban con su dueño y lo devolvían a la manada hasta el día del toro. Cada junta acotaba una parcela en la plaza para colocar el entablao y en su día acomodar a sus amistades, novias y familiares. Para el acotamiento bastaba clavar una estaca en el sitio apropiado, junto a la pared. Las capeas se celebraban por la mañana. De madrugada, pandillas de mozos, a lomos de caballerías, iban a las majadas y prados donde recogían todas las vacas y novillas para conducirlas al corral del conceio, ubicado muy cerca de la plaza. Al mediodía las sacaban a la plaza una tras de otra y, después de unos capotazos, las devolvían al campo. A la res que daba juego se la dejaba más tiempo. Estaba prohibido castigarlas con picas, banderillas o rehiletes. El toro comienza a una hora temprana de la tarde con la petición de llave. Uno de los encabezados, montado a caballo, recorre la plaza al trote para concluir con un saludo a la justicia que le entrega la llave y la licencia para abrir el toril. A la salida del toro los mozos más atrevidos esperan apostados en dos filas, a uno y otro lado de la puerta del toril. En primer lugar se sitúan los encabezados, ataviados con sus divisas bordadas y adornadas con cintas y cascabeles; después los demás mozos con sus coloristas y abombadas banderillas o con garrochas. El animal da unas cuantas vueltas a la plaza; mientras, los mozos intentan clavarle las banderillas y las garrochas, entre el bullicio de los asistentes. Cuando el toro parece más sosegado se lanzan al ruedo los aficionados más decididos. Citan al toro con grandes aspavientos y cuando se arranca tras alguno de ellos, otro se cruza para despistarlo, lo que, a veces, termina en un revolcón. No faltan los entendidos que se lanzan al ruedo con un trozo de manta o un capotillo con pretensiones de lucimiento. Al caer la tarde, los encabezados conciertan la muerte del toro. Le lanzan la maroma a los cuernos y lo sujetan a un poste o a un árbol donde el cachetero lo apuntilla sin más sufrimiento. En otras ocasiones lo inmovilizan entre varios mozos con el mismo fin. Con la carne del toro los mozos preparan una buena caldereta. Algunos años, los casados corren otro toro con el mismo ceremonial que el de los mozos. Entre algunas curiosidades relativas a la fiesta podemos recordar como en 1.941, un toro rehusó el toril, se metió en una casa vacía y cuando nadie lo esperaba se lanzó por el balcón. La primera novillada en regla tuvo lugar en septiembre de 1.958, durante el homenaje a Máximo Cruz Rebosa. En 1.975 se instaló la primera plaza portátil y al finalizar la década de los ochenta el Ayuntamiento acotó un recinto en el paraje de la Lancha Espigaera para construir una plaza de toros concebida para corridas menos tradicionales pero más ortodoxas. Las toreras Son las composiciones propias de los festejos taurinos. Las letras evocan lances y faenas taurinas o hacen alusión a las circunstancias del festejo. La musicalidad, diferente a la de otras composiciones populares, muestra un carácter bravío y retador. Su correcta interpretación no resulta nada sencilla. La torera se cantaba desde que se iniciaban los preparativos, por Santiago, hasta las ferias de finales de agosto en las que también podía matarse alguna res. Antiguamente comenzaban a cantarse el día de San Juan. La torera piornalega, en sus distintas variedades, posee identidad propia; si bien las coplillas, como es habitual, son semejantes a las de otras composiciones como la Torera del Valle, ya que unas y otras se cantaban sin distinción.
Del libro
- Calle Sánchez, A.;
Calle Sánchez, F.; Sánchez García, G.; Vega Ramos, S.: "Entre la Vera y el
Valle. Tradición y folklore de Piornal". Institución Cultural "El
Brocense" de la Diputación Provincial. Cáceres, 1995.
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