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Manuel Garrido Palacios
Tenía Piornal dos mil tres habitantes cuando subí por primera vez, más o menos los que hoy.
La nota que inició mis apuntes sobre el pueblo fue acerca de la Rosca de San Roque. Todas las fiestas tenían la suya propia: la Nochebuena, el Niño, San Sebastián, la Asunción, la Cruz. Esta del Patrón se iniciaba cuando el tamborilero iba a pedir por las calles con un grupo de vecinos con sacos, talegas y bolsas. Con lo que recogían se organizaba después una subasta, cuyo resultado económico se invertía íntegro en el culto al Santo. Juego curioso. Posiblemente quien daba un jamón tenía capacidad para poder pujar alto y lo más seguro es que volviera a colgarlo en la misma viga donde estaba antes, pero otro precio. No paraba ahí la cosa, sino que le ofrecían a San Roque un ramo, tronco de pino adornado con ofrendas que le llevaban los agricultores, naturalmente, lo más selecto de sus frutos. Y un coro vestido a la antigua usanza le cantaba estas coplas:
Esto lo hacen el dieciséis de agosto. Pero el quince también han estado de fiesta: la Concepción. Y el catorce: la víspera. Así que las procesiones se juntan y se festeja todo junto. Hay un detalle curioso y es que el Ramo de San Roque lleva colgado unas campanillas. Cada vez que termina una copla, los que lo sostienen lo muven y producen un sonido como mágico. En el recorrido por las calles van escopeteros que disparan salvas contra el árbol y dicen que es "para huyentar la peste". Las cintas del Ramo van al pelo de las mozas. Las campanillas al cuello del ganado. Y la fiesta a San Roque continúa por cinco días consecutivos. Entre las jotillas callejeras, ya lejos del léxico de los romances a pie forzado, podemos escuchar: que te vas a divertir a los caños de la fuente a ver el agua salir. También se pide para San Antonio el trece de junio. El mayordomo sale con el "pinchote" y el tamboril de calle en calle, y allá que va clavando un queso, chorizos, lomos, cosas que las gentes dan como ofrenda por haber recuperado una res extraviada en el monte. También se hace subasta del lote, pero con una variación: no se adjudica. Se anota al mejor postor y se repite cada domingo hasta San Juan. Aquí las cifras han engordado lo suficiente como para ser adjudicado lo que cuelga del pinchote. El ocho de septiembre no se pide, se da. Tras el rosario de la tarde se arma una mesa a la puerta de la iglesia, que peside el párroco y autoridades locales y una fila de mozas pasan a depositar allí las llamadas cuartillas. Cada una lleva lo que puede, voluntariamente, que suele ser un melón, una sandía, una docena de huevos de corral, unos kilos de cereal y postre: dulces hechos en casa con todo esmero. Es el tamborilero el encargado de ir recogiendo los grupos con cuartillas y devolverlos a su calle. Cuando se ha agotado el cupo de ofrendas, el cura las bendice y esta vez, en vez de subastarlas, se venden públicamente. Los fondos me dicen que se "destinan a la Virgen para su culto". Así el catorce de septiembre, fiesta del Santísimo Cristo, el veinticuatro de marzo, que, sin ser fiesta, ha quedado establecido el rezo del Rosario, y en todos los actos el denominador común del canto de la Rosca. La tiene la misa del Gallo, junto a un ceremonial en el que las autoridades van a saludar al cura y a felicitarle:
entre la paja y el heno ¡Quién pudiera, niño hermoso, vestirte de terciopelo!
Si los pastores supieran Y el día primero del año y la fiesta de Reyes, que aquí, en Piornal, en otros tiempos siginificaba el cambio de Ayuntamiento y de Justicia.
pero llegando febrero ya es otra cosa. Y canciones y más canciones que los dos mis trres habitantes de Piornal conservan en el seno de la comunidad, bien nutrida de actos religiosos. Entre las notas que tomé aquel día guardo estas letrillas de villancicos que ya pongo como punto: hacen lumbre los pastores para calentar al Niño que ha nacido entre las flores.
No ha nacido entre las flores
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